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Soñar o ser soñado

Lo dijo Gus el 2 de julio de 2010 , mientras ordenaba , ,
¿Soñamos o somos soñados? Si pensamos que el sueño es un proceso mental sin las limitaciones del razonamiento, podriamos concluir que los sueños nos permiten ir más allá de los límites impuestos por el condicionamiento social o el individual (que es inseparable del social, finalmente). Cuando sueña, nuestra mente es completamente libre y puedo hacer constar que los sueños alimentan la realidad y la recrean, la hacen más rica. Soñar (dormido o despierto) mantiene viva nuestra pasión por nuestros motivadores profundos y nos provee de energía para construir o alcanzar lo soñado. Visto así, no hay imposibles. Y aunque suene a libro de autoayuda de veinte pesos en Eje Central, hablo de procesos neurofisiológicos. Hablo de nadar en aguas congeladas, cuando la medicina dice que es imposible. Hablo de sobrevivir a un cáncer terminal. Hablo de países que existen a pesar de sus gobernantes. Lo soñado es, resiste y persiste. Lo soñado es más grande que cualquier miedo, que cualquier guerra, que cualquier hombre. Mantener los sueños es vivir en estado de gracia.

He leído poco al respecto y casi todo lo olvidé, pero desde pequeño sueño que vuelo. Recuerdo que mi hermana soñaba lo mismo, pero ya lo olvidó. En mi caso, lejos de olvidarlo, la habilidad de volar se ha ido desarrollando con el paso del tiempo. Cuando pequeño, sólo podía volar de pie y a un palmo de suelo. Tiempo después, al final de la adolescencia, comencé a dar grandes saltos que eran como vuelos pequeños, en los que quedaba suspendido sobre el suelo por algunos segundos. La sensación es tan real, que en más de una ocasión he creído que puedo saltar sobre charcos de varios metros y el resultado ha sido un par de zapatos mojados. Sin embargo, si alguien observara con atención, notaría que el tiempo que paso en el aire es ligeramente, sólo ligeramente mayor de lo usual. Hace un par de años comencé a dominar saltos mayores y a ejercitarme: saltaba ya sobre árboles y edificios pequeños. Estos vuelos mayores me llevaron a campos semidesérticos con árboles de hojas verde claro salpicando el paisaje aquí y allá. Uno de esos vuelos en particular me llevó a un lugar extraño: un edificio abandonado en el centro de la ciudad. En el piso a medio construir o derruir, no lo sé, había algunos chicos que parecían de la calle. No platiqué con ellos ni me pregunté como habían llegado hasta ahí. Por lo demás, recuerdo con claridad la esquina y la confluencia de las calles. ¿Por qué lo recuerdo tan bien? Pues porque meses después de ese sueño, pasé en automóvil por la calle que soñé y pude ver la escena, pero esta vez desde abajo. Lo curioso es que nunca había volteado hacia el edificio y la apariencia de la calle recién había cambiado debido a la construcción de nuevos edificios, pero yo llevaba años sin pasar por ahí. Bah, son sueños. ¿Quién podría prestarles más atención?

Una madre mirando el rostro de su tercer nonato hijo. Un hombre que llora al encontrar que la casa que ahora habita es idéntica a la que dibujó y olvidó diez años antes. Un chico que se reencuentra con otro después de caminar con los ojos cerrados durante varias cuadras. Dios imaginando al hombre que lo imaginó. El hombre imaginando al hombre. Sí, la vida es sueño y soñando creamos vida.

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